Sao Paulo, Julio 2011

Impresiones de un viaje a Sao Paulo para conocer el proyecto educativo que desarrolla Educalia Mundi.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No importa la edad que uno tenga. Pero es signo de cierta madurez y solidez personal el preguntarse no sólo el por qué sino también el para qué uno vive. ¿Para qué?. ¿Cómo quiero vivir? ¿Debo hacer algo en esta existencia?. ¿Puedo hacerlo?.... Preguntas que pueden quedarse solamente ahí. En el ámbito de la pregunta. Y es signo no ya de cierta sino de madurez y clara solidez poner la vida en el camino de poder darles respuesta. ¿Puedo intentar que mi vida tenga sentido?. ¿Cómo debo vivir? Preguntas que se encuentran en la base de numerosas religiones y filosofías. Filósofos y religiosos de todos los tiempos han intentado responder.

Pero ahora no se trata de recordar antiguas creencias y filosofías sino de hacerles una propuesta simple y sencilla. ¿Qué puede dar sentido a la vida?, ¿Cómo puedo vivir? Una simple –y buena- respuesta es la que sigue: lo que da sentido a la vida es intentar que este mundo sea cada día un poquito mejor. Y para ello no son necesarias gran- des hazañas, un granito de arena diario puede ser suficiente para edificar una gran duna. Pero constante. Una forma de sentir que hacemos algo con nuestra vida es dedicar parte de nuestros esfuerzos a los que menos –o nada- tienen. Por ello el voluntariado, la cooperación, el ayudar a nuestros semejantes es una tarea que “engancha”, digámoslo así. Porque la persona que se compromete con los demás, sea en el nivel que sea, le reporta más beneficios que no trabajo. En este mundo hay muchos necesitados y muchas necesidades. En todos los lugares y entre personas muy diversas. En el llamado primer mundo, en el tercer mundo y en los países emergentes. Entre las clases más favorecidas y mucho más entre los desfavorecidos y olvidados por el mundo. Y hay muchas formas de darse a los demás, dar y darse a los necesitados.

La vida me llevó a formar parte y comprometerme con una institución dedicada a la educación de los niños, una de las principales – y deshonrosa- carencia actual. Tuve la suer- te de poder comprometerme con la Fundación Educalia Mundi hace ya algunos años y vivir desde la lejanía geográfica pero desde la cercanía afectiva lo que se estaba consiguiendo en la escuela Emmanuel de la favela Vera Cruz en Sao Mateus, Sao Paulo. Y este verano –por fin- tuve la inmensa fortuna de poder viajar allí. El 18 de julio tomábamos el avión. Al cabo de unas horas aterrizábamos en la gran urbe del Brasil, capital económica de todo el cono sur. Capital también de las desigualdades sociales. Y la cercanía afectiva también lo fue geográfica. Al cabo de pocas horas ya estábamos abrazando a Tía Eunice, alma mater, además de directora, del parvulario. Los niños dormían, habían comido y era su hora de la siesta. Una bella música recorría todos los lugares del lugar, arropando el sueño infantil. Frederic, Agustí y yo misma, íbamos recorriendo sin hacer ruido, para no despertarles, las distintas estancias... Niños y niños que aún no andan, los que ya andan a trompicones, los que ya corretean... todos dormían plácidamente su sueño infantil. Poco a poco la música cambió: había llega- do la hora de despertarse. Y aquello fue una fiesta. ¡Tío, tío! Gritaban los niños a Frederic y Agustí, abrazándolos. Pronto adaptaron su vocabulario a mi presencia: ¡Tía, tía!. Abrazos, besos... Calidez afectiva. Frederic estaba muy feliz. Agustí estaba muy feliz. Yo estaba muy feliz. Los niños correteaban y nos abrazaban muy felices. Tía Eunice y el resto de las cuidadoras observaban sonrientes. Estábamos Viviendo en aquellos momentos. En mayúsculas. Y nos dábamos perfecta cuenta de ello. En un momento dado me di cuenta que todo aquello no hubiese sido posible sin las aportaciones desinteresadas de muchas personas. Una red de personas que habían hecho posible toda aquella magnífica obra. Algunas de estos colaboradores han tenido la suerte de poder visitarlo. Pero muchas, como me ocurría a mí, aún no habíamos tenido la oportunidad de ir. Pero habíamos tenido la certeza que con nuestras aportaciones se hacía algo bueno para los niños y sus familias. Habíamos tenido fe y confianza en quienes dos o tres veces al año viajan a Sao Paulo para estar con los niños. Y habíamos hecho muy bien. Es una gran obra que su- pera con creces lo que en estas líneas se pueda expresar. Porque es una obra hecha desde el corazón. Hay una gran Belleza en todo lo que vi. Las instalaciones, extraordinarias, el amor y afecto que se da a los niños por parte de todas las cuidadoras, maravilloso. Todo ello con un sólido proyecto educativo. Estos niños están de suerte – pensé.

Y lo pude corroborar con lo que aún no había visto. Me esperaba una visita al lugar donde viven estos niños que van a la escuela, el lugar donde también viven los niños que no pueden ir. Con Frederic y Tía Eunice pudimos entrar en la favela. Lo que no siempre es posible. Y pude ver y respirar cómo viven estos niños y cómo sería su vida si no tuviesen la oportunidad de acudir a nuestra escuela. Sólo un detalle. Estábamos ahí y –casualidad-, era el momento que los niños que van a la escuela pública vuelven a casa. Aseados, con sus carteras a la espalda, vestidos con unas camisetas blanquísimas, llegando a casa para hacer los deberes. Los niños de la favela que están escolarizados son los que previamente han podido acudir a “nuestra” guardería. Pero pudimos ver callejeando –o lo que es peor, niños y niñas encerrados en sus casas durmiendo en las aceras a las cuatro de la tarde- a muchos niños. Niños que no acuden a la escuela, niños sin oportunidades. Con un futuro más que incierto. Entonces me sentí muy afortunada. Porque la vida me ha dado la oportunidad de poder compartir un proyecto maravilloso que hace tanto bien a tantos niños y a tantas familias. Eso pensaba durante las largas horas de insomnio del viaje de vuelta de aquel jueves 29 de julio mientras nuestro avión sobrevolaba Brasil, el Atlántico..... Y, desde finales de año, empezamos la construcción de una nueva escuela al lado del parvulario. Para que siga el proyecto educativo en los niños que se van haciendo mayores y ya no pueden asistir al parvulario. El futuro. Y si, el sentido de nuestra vida no es algo que se busque a ciegas. Es algo que se encuentra cuando estamos dispuestos a comprometer- nos con él. Por eso vale la pena comprometerse en un proyecto responsable de ayuda a los demás. Lo he encontrado en Educalia Mundi. Y doy Gracias por ello.

Mercè Rios Figuerola